Zipaquirá y Nemocón: sal al gusto.

Artículo publicado en Fuel Car Magazine en agosto de 2009.

Nemocón y Zipaquirá: dos destinos en torno a la sal;
decida cuánto quiere de cada uno.


La sal siempre ha sido protagonista de historias de mala suerte, desgracia e infortunio, porque definitivamente “cuando alguien está salado, está salado”; pero para Nemocón y Zipaquirá, la sal es sinónimo de buena suerte, de progreso y desarrollo.

Normalmente sólo pensamos en la sal cuando le hace falta o le sobra a nuestras comidas, pero salvo algunos “desocupados” nadie se pregunta de dónde viene o cómo fue que llegó al salero de la mesa. Una pista: toda la sal viene del mar.

Bueno, es hora de dejar Bogotá, este artículo es una muy buena excusa para dejar atrás por unas horas el caos que hace parte de su personalidad y que a veces se convierte también en parte de la personalidad de los conductores que la habitan. La autopista norte nos lleva una vez más y vamos a toda velocidad tras la ruta de la sal, pero un momento, es el kilómetro 16 y a la derecha está Multiparque, y en Multiparque está La Pista Indoor Kart, y adentro están los karts… ni modos, es bueno hacer la pausa y correr un par de veces.

OK, después de estos breves mensajes comerciales regresamos a nuestro recorrido por la autonorte, la idea es llegar hasta el desvío que conduce a Chía, es a la derecha; por la izquierda iríamos hacia Tunja, pero eso será otro día.  Tomamos el desvío, vemos a la izquierda el Puente del Común, famoso por jugar un papel importante en la gesta libertadora siglos atrás. Continuamos por esa ruta y más adelante aparece frente al panorámico un puente que dice llevarnos a Cajicá y Tabio, nuestro camino es a la derecha de dicho puente, allí dice que ese es el camino para Ubaté y Zipaquirá.

Pero para no complicar mucho la explicación, la ruta a Nemocón se puede simplificar de la siguiente manera: 6 kilómetros después de pasar el puente del común se llega a Cajicá y se sigue al norte hasta encontrar Zipaquirá, en un cruce llamado La Paz se gira a la derecha y 15 minutos más tarde, listo, bienvenido a Nemocón.

¿En qué íbamos? Ah sí, en que íbamos por la derecha buscando Zipaquirá. Como la idea es visitar las minas de sal de los dos municipios, tomaremos el camino difícil, un poco más largo que el que un párrafo atrás resumía la ruta.

Como siempre el camino da muchas opciones, a la derecha nos invita a ir a Hato Grande o a Briceño. A esta altura el paisaje es muy bonito, interrumpido únicamente por algunos viveros que se encuentran a lado y lado de la vía. Más adelante hay una nueva oportunidad de regresar hacia Cajicá o Tabio, a la derecha se roba el show un mega-lote que será sede de la Universidad Militar Nueva Granada y hace su aparición una cicloruta; a la izquierda el que va cruzando el paisaje es el Tren Turístico de la Sabana de Bogotá que va rumbo a Zipaquirá, si esa opción le interesa, el costo es de $32.000 para adultos, $25.000 para mayores de 60 años y $19.000 para niños, iniciando el recorrido en la Estación de la Sabana en el centro de la capital.

Vamos por Cajicá y acá la vía no es la mejor, pero promete mejorar: a un lado se está construyendo un puente hacia Ubaté y en su camino a Zipaquirá está siendo intervenida en varios tramos. Seguimos derecho y llegamos hasta un punto de información que sirve de entrada a Zipaquirá, allí hay una estación de servicio Brio, dos vías y una abuelita que vende unas obleas que parecen hostias gigantes con arequipe, ella jura que si nos vamos por la derecha llegaremos a Nemocón, pero primero pasaremos a ver uno o dos sitios de Zipaquirá, este municipio que tenía como nombre indígena “Chicaquicha” que significa: “Pie del Zipa”, ¿pero quién era el Zipa dueño de este pie? Respuesta: Zipa se le decía a los gobernantes muiscas.

Sabemos que Zipaquirá y Nemocón quedan en medio de la Cordillera de los Andes y sabemos que toda la sal viene del mar; eso plantea una duda de la que seguramente podrán salir muchos al visitar el Museo de la Salmuera, o al entrar a la impresionante Catedral de Sal que tiene Zipaquirá. Resulta que hace un tiempo larguito (más o menos unos 100.000.000 de años) las cordilleras apenas se estaban formando y estaban cubiertas por mar, al formarse acumularon cantidades de agua salada que con el tiempo se evaporarían dejando únicamente la sal que se explota hoy en día. En fin, en Zipaquirá o en Nemocón encontrarán respuestas más precisas acerca de estas formaciones que hoy son un foco turístico muy importante de la región.

El Parque de la Sal alberga la catedral y el museo que ya nombramos, además de la Plaza del Minero y algunas rutas ecológicas y cafés; pero la Catedral de Sal es sin duda el referente por excelencia de este municipio. Fue inaugurada en 1995 durante el gobierno del recordadísimo presidente Ernesto Samper y es considerada patrimonio histórico, cultural y religioso del país. Los costos de la boletería dependen del plan que uno elija, que puede incluir además de la visita a la Catedral de Sal, una película llamada “Guasa Tesoro de un Pueblo 3D”, la Ruta del Minero, visita al Museo de la Salmuera y muro de escalada. $15.000 para adultos y $9.000 para niños, mayores de 60 años y discapacitados, son los precios mínimos de estos planes, que tienen un descuento especial los miércoles de temporada baja.

A pesar de que Zipaquirá ya está notablemente influenciada por el avance de la cultura urbana, aún mantiene su encanto clásico; eso se ve reflejado en la Plaza Los Comuneros, que es un sitio que aún respira aire colonial en cada uno de sus costados y tiene como elemento central la Catedral Diocesana que tardó 111 años en construirse. No obstante, las obras recientes se acoplan de manera armónica con los espacios clásicos del municipio, tal es el caso del parque La Esperanza, que es sin duda un buen lugar para sentarse a “hacer nada” por un buen rato. Este parque fue diseñado de tal manera que integrara armónicamente la estación del tren, que fue declarada Monumento Nacional hace algún tiempo.

El camino sigue, la siguiente parada será Nemocón, según las indicaciones de algunos transeúntes, debemos cruzar Zipaquirá y “darle derecho hasta llegar a Nemocón”. Eso haremos.

Al salir de Zipaquirá hay que manejar muy tranquilamente porque la carretera tiende a estar deteriorada por momentos. Pasan las curvas y después de algunos minutos vemos de frente la entrada de un pueblo, es en subida y al final del pequeño ascenso hay una pequeña plaza, silenciosa y agradable. Si usted llega a este punto tenga por seguro que ya llegó, a Cogua.

Cogua es un pequeño pueblo (como la mayoría de pueblos de la región tiene nombre chibcha, significa: apoyo del cerro) que queda situado al occidente de Nemocón y se destaca por su vocación ecológica. Es una buena parada, pero lo que buscábamos era Nemocón, así que de nuevo toca preguntar y es ahí cuando podemos enterarnos de que antecito de la subida que lleva a la plaza principal, había que voltear a mano derecha. Está claro, hay que devolverse un poquito y buscar Nemocón.

Al tomar por la ruta indicada, en pocos minutos se llega a otro cruce, a la izquierda lleva a Ubaté y a la derecha a Zipaquirá de nuevo -parece que por acá todas las vías llevan a todos lados-, no es ninguna opción de las anteriores, hay que cruzar derecho por una pequeña vía destapada. Esa vía pasa al lado de campos de tejo, tienditas y vacas que pastan junto al camino. Después de terminar este “tramo de aventura” por fin se llega a otro cruce y en esa vía pavimentada, todo a la izquierda porque a la derecha adivinen qué queda, Zipaquirá.

El tramo de carretera antes de llegar a Nemocón lastimosamente está en mal estado, así que hay que jugar a pasar por encima de los huecos sin tocarlos, asegurándose de que éstos pasen por debajo del carro sin tocar llanta a ningún lado. Para compensar, la naturaleza nos ofrece verdes paisajes a lado y lado.

La entrada del pueblo nos presenta el estadio municipal y el cementerio, al fondo, la cúpula de la iglesia de la plaza central; las calles –por lo menos hoy- tienen mucha tierra. A una cuadra de la plaza principal hay un parqueadero, pero también hay la posibilidad de dejar el carro en la misma plaza, a cambio de una pequeña colaboración al señor que los cuida en este sitio; ahora si usted prefiere ir directo a la mina de sal, allá también hay dónde dejarlo.

Esta plaza es el silencio puro (como la de Cogua), sólo se oye el sonido de las alarmas de los carros que parquean allí, pero a lo que vinimos, el plan en Nemocón es visitar la mina de sal. La entrada cuesta $14.000 per capita, pero si quiere alargar un poco su estadía y su conocimiento de la explotación de sal en la región, puede ir primero al Museo de la Sal por sólo $2.500, allí conocerá la historia por medio de maquetas que ilustran la explicación de los guías del museo, contando desde la época prehispánica; allí puede comprar artesanías hechas en piedras de sal. Lo bueno es que si entra al museo, presentando esa entrada le hacen un descuento del 20% en la entrada de la mina, haga cuentas.

A pesar de que uno siempre oyó de Zipaquirá, resulta que la sal fue explotada primero en Nemocón, así que su tradición es innegable. La mina llama la atención por sus formaciones de estalactitas, por los espejos de agua que generan efectos de profundidad muy interesantes y por las cascadas de sal; además de tener también un altar que está tallado sobre una roca de sal gema dedicado a la Virgen del Carmen, que además de ser patrona de los conductores, también lo es de los mineros.

Zipaquirá y Nemocón -que significa: Lamento o Rugido de Guerrero- son dos formas de contar la misma historia, pero con matices únicos que los hacen diferentes entre sí, sólo conociendo los dos uno puede definir cuál le gusta más; están cerca de la capital (Nemocón que es el más lejano queda a 50 kilómetros), así que la decisión es suya.

Ojalá que cuando regrese a Bogotá no le toque el delicioso trancón que se forma en la autopista, y si le toca, aproveche para pensar un poco en todas esas cosas que damos por descontadas, pues este viaje fue una prueba más de que en lo cotidiano se esconden las más grandes historias, tal como la de la sal.

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