Si pica la mano derecha es porque va a llegar platica.

Nueve de la mañana. Marielita está llegando a su puesto de trabajo, es secretaria y como cualquier empleada que lleva 25 años en la misma empresa y en el mismo puesto, sabe todo lo que su jefe quiere que sepa, sabe hacer todo lo que su jefe no sabe hacer, y además, sabe todo lo que su jefe no quisiera que se supiera. Pero eso no es lo importante, lo importante es que ella sabe, y lo aprendió desde muy pequeña, lo que significan las señales que la vida pone para darnos indicios de lo que nos traerá el futuro. Esas cosas nunca fallan.

Pues sí, a las nueve y catorce minutos apareció una de esas señales inequívocas que suelen identificar las madres de cierta edad y la mayoría de las abuelitas; un súbito momento de certeza inexplicable que a pesar de nunca haber sido comprobado, promete un irresistible beneficio a corto plazo.
A Marielita le pica la palma de la mano derecha.

Cada vez que las uñas de la mano izquierda arañan suavemente la palma ahora enrojecida de la mano derecha, hay un dulce augurio de fortuna; tanto rascar esa mano sólo puede traer cosas buenas. Mariela está convencida de que como bien lo decía su mamá, “cuando a uno le rasca la mano derecha es porque le va a llegar plata”, y por eso este día que apenas empieza, promete mejorar.

Diez de la mañana, el jefe de Marielita se acerca con una gran sonrisa al puesto de la protagonista de esta historia. Marielita siente una corazonada y con esfuerzo logra regresar de ese estado de éxtasis que le produce rascarse la palma de la mano una y otra vez pensando en lo que vendrá. ¿Será el aumento que ha estado esperando desde hace meses? ¿será una bonificación extraordinaria? ¿se tratará de un premio como justo reconocimiento a toda una vida entregada a la compañía? Nada de eso. El jefe en realidad quiere que ella le haga el favor de recoger a su hijita que está en la peluquería canina con su casi espeluznante perrita pincher de uñas color perla. Como no hay quien lo haga, buena es Marielita, ella nunca diría que no.

Listo jefe. Este no fue el llamado del dinero que anunciaba la rasquiña de la mano. Esta solo fue una falsa alarma, la primera de muchas que ocurrirían este día: una cuando entró al celular una llamada de un número desconocido que ojalá hubiera sido acerca de una herencia o una vieja deuda sin saldar, pero que había sido para ofrecerle un ringtone; otra cuando miró los resultados de la lotería y sus números casi eran los ganadores; y otra cuando el banner de internet le dijo que era la ganadora de miles de dólares por ser la visitante número un millón de un sitio desconocido, pero claro, cuando el sitio le pidió el número de la tarjeta de crédito para hacerlo efectivo, toda emoción se desvaneció.

Hoy sí va a ser el día, sí no ya se me hubiera quitado la rasquiña. Pensaba Marielita mientras veía cómo pasaba la semana y el dinero que prometía su mano sonrojada no aparecía. No fue la semana pasada, pero seguro que esta sí es. Después de muchos días la esperanza seguía viva, tan viva como la intensa rasquiña de la mano que se tornaba incluso insoportable en algunos momentos del día. Si ya esperé lo más, puedo esperar lo menos. Aún después de un mes la rasquiña no cedía, así que la fe de Marielita tampoco se debilitaba, ese dinero iba a llegar y sería la recompensa al dolor, a las ampollas y al ardor de la palma de su mano que ya casi ni le permitían marcar el número de extensión de su jefe para pasarle las llamadas. Pasaron algunos días más y Mariela seguía tan convencida de su suerte como el primer día, convencida de que si le picaba la mano todavía, era una señal que la invitaba a no desfallecer; por eso hacía caso omiso a los consejos de sus compañeras, vecinas, familia y hasta de su mismo jefe; no iba a ir a ningún médico a que le quitara la piquiña de su mano. Según ella, si le quitaban la piquiña, le quitaban la oportunidad de recibir el dichoso dinero que esto significaba.

Dos meses y nada. La mano de verdad tenía un aspecto desagradable y a pesar de los vendajes que cada mañana se ponía Marielita antes de ir a trabajar, era notorio el terrible estado de deterioro de la piel de la mano derecha de la obstinada secretaria, incluso había una parte en que la piel le había dado paso a un agujero rojo en el que se podía ver la carne viva -muerta en realidad- lo cual contrastaba de una manera bastante irónica con el inocente brillo de sus ojos, el cual aparecía cuando pensaba en la increíble sorpresa que le esperaría, en el dinero que la acompañaría de ahora en adelante y que seguramente le garantizaría un buen retiro, el retiro soñado.

Después de más de dos meses de cuidados caseros, la crédula secretaria no pudo controlar ni disimular más su intenso dolor y una tarde de miércoles rompió el silencio de la oficina de abogados en que trabajaba, con un grito que ni ella hubiera imaginado ser capaz de emitir, probablemente el grito más estridente que habían oído en sus vidas los allí presentes. El grito terminó sólo para darle paso a uno más agudo, más doloroso y más terrorífico; cada grito era peor que el anterior y sólo la sirena de la ambulancia que llegó al sitio pudo opacarlos por algunos minutos. Finalmente la situación se salió de control para esta mujer a la que de nada le sirvieron las mil historias y excusas que inventaba a diario para evadir la visita al médico. Aunque con dolor -no el dolor de la mano, sino el que se siente cuando se descubre que un sueño es inalcanzable- la piquiña de Mariela iba a desaparecer, pero el dinero prometido según la creencia parecía alejarse conforme la camilla cruzaba el lobby del edificio en medio de la mirada confundida de los transeuntes, las oraciones de algunas señoras y la indiferencia de muchos otros.

Pero al parecer Mariela, de una forma poco usual, iba a lograr que se cumpliera la cábala que la había llevado a este punto de no retorno, y era lógico que así fuera, pues después de todo, dicen que cuando uno desea las cosas intensamente, las logra. Habiendo entrado a la compañia con tan solo 17 años de edad, y próxima a cumplir los 43 años, la mano derecha de esta mujer le iba a dar el retiro anticipado que ella anhelaba.

El dictamen era contundente, la mano debía ser amputada. El daño era irreversible y para evitar que se extendiera por todo el brazo la gangrena, la única salida era esa. Una noticia lamentable, pero como bien decía la mamá de Mariela, -sí, la misma que le dijo que la piquiña en la mano derecha era señal de que iba a recibir dinero- “no hay mal que por bien no venga”. Así que gracias a la feroz acción del mejor grupo de abogados de la compañía, se le pudo conceder a la ahora ex-secretaria una pensión por incapacidad, de tal manera que el retiro anticipado ahora era una realidad y a partir de ese momento todos los meses nuestra “afortunada” Marielita iba a recibir el dinero que su ausente mano había predicho y no sólo por un día, sino por el resto de su vida.

Fin.

 

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