El concurso

Un gran parque merece un gran evento, y eso es lo que ocurrió ese día. El parque estaba lleno y yo pasaba por allí descuidadamente, la multitud tenía una rara actitud, no era el público eufórico que uno espera encontrar al lado de una gran tarima, por el contrario, el público gritaba y se quejaba por algunos segundos e inmediatamente después gritaban emocionados. Eso no tenía sentido, razón suficiente para acercarme y averiguar.

Avancé tímidamente entre el público que aguardaba expectante, de un momento a otro el dolor se apoderó de las expresiones de todos y sin darme cuenta, yo también estaba gritando de dolor, era un dolor de cabeza muy intenso, más fuerte de lo que uno alcanza a imaginar. Después de unos segundos el dolor pasó, aún no me reponía del todo cuando el público empezó a gritar animadamente, alegremente. Definitivamente yo no le veía lógica a ovacionar un dolor de cabeza simultaneo, eso para mi no merecía un “viva!”, no merecía un aplauso. Sin embargo, me incorporé de nuevo, la intensidad del dolor me había hecho retorcer en el suelo pero todos los demás asistentes seguían muy felices, seguían de pie. El hecho de no entender nada, sumado a la alegría que les daba el dolor a todos, lo único que hacían era aumentar mi desconcierto y empezar a generar en mi un dolor de cabeza, pero permanente.

Avancé algunos pasos sin poder ver que pasaba en la tarima, ya casi encontraba un espacio para ver de que se trataba todo este asunto, pero una vez más llegó el dolor. Me retorcí de nuevo en el suelo, la gente gritó de dolor y gritó de emoción después, tal como al principio. Esta vez me dolió mucho más, la onda de dolor me tocó con más fuerza que la vez primera, pero fue aun más insoportable porque se sumó a mi propio dolor de cabeza y a mi desespero.

Torpemente me levanté y noté cómo los que estaban a mi lado –ellos permanecían en pie, por supuesto- se burlaban de mi, pues al parecer sólo a las mascotas les pasaba eso de andar retorciéndose en un evento como este. Mi dolor de cabeza aumentó y también mi ira, así que me abrí paso violentamente entre la gente para llegar a la tarima y despejar mis dudas, estaba a pocos metros, podía ver el concursante, podía verlo en la silla, podía verlo conectado a los cables, podía ver como los cables llegaban a unos extraños amplificadores, pero todo se volvió oscuridad.

Desperté de mi desmayo, el dolor de cabeza era el más grande que había tenido en toda la vida, aumentaba a cada instante y al abrir los ojos pude ver por fin un tablero electrónico que decía la verdad de todo esto. El tablero decía: “12th National Headache Contest”

Mi dolor de cabeza siguió aumentando con cada nuevo concursante hasta que no lo pude soportar más, pero no importó, después de todo fui yo quien ganó.

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Acerca de Diego Arenas - Triego

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