La venganza tiene cara de juguete.

Este es otro de esos sueños que sueño en lugar de soñar lo que la gente normal sueña.

La historia empieza en un día de esos en los que nos damos cuenta de que nuestra casa está llena de cosas que nunca usamos, que muchas de las cosas que pensamos que algún día llegaríamos a necesitar, dificilmente llegarán a ser necesarias de verdad.

Estoy llenando una enorme bolsa negra con toda clase de objetos de dudoso valor sentimental, la bolsa se llena rápidamente y pronto está en el camión de basura esperando a ser llevada al botadero más cercano. Yo sigo con mi vida y cada cosa que arrojé es sólo parte de una lista de elementos que dificilmente recordaré.

Han pasado los días y una tarde cualquiera mientras recorro la sala de mi casa, una corriente de aire caliente choca contra mi espalda, el calor se siente de inmediato, pero no se trata de simple calor, tampoco se trata de una simple corriente de aire, milésimas de segundo después la corriente de aire deja ver que sólo era la antesala de una columna de fuego que de inmediato incinera por completo el material del que está hecha mi vicamisa. La camisa no tiene tiempo de arder, más bien se vaporiza. Quemaduras de tercer grado azotan mi cuerpo, pero mi sistema nervioso ha entrado en shock y mi percepción de la realidad está más distorsionada que nunca, giro mi cabeza y puedo ver la ventana por la cual entró el fuego, y a través de la ventana puedo ver al dragón que me atacó.

Miro y vuelvo a mirar, no es un dragón y ni siquiera se parece a alguna de las referencias visuales que tengo almacenadas en mi mente desde niño, no se parece a un dragón y soy conciente de ello, no se parece a un dragón, en serio, de verdad, no se parece, pero mi mente insiste en creer que es un dragón. Hay algo familiar en este sucio ser que me ve con mirada retorcida, con ojos de resentimiento, tal vez es la reencarnación de alguien a quien herí en una vida pasada, o la suma de mis errores que se ha materializado de una buena vez para hacerme sentir de verdad la culpabilidad que en algún momento debí haber sentido.

Él mide tres metros y medio, yo estoy en un segundo piso y más o menos podemos vernos cara a cara. Lejos de tener una piel dura y escamosa, o de tener los ojos de reptíl o de ser verde y alado, este dragón al que me enfrento, es una épica mezcla de cartón, latas, partes plásticas y en general toda clase de objetos que sólo podrían tener un punto de encuentro: la basura. Sigo examinándolo mientras él me mira con más rabia y demuestra tácitamente que está esperando una explicación de parte mia, por fin encuentro elementos que despejan la duda, ya sé porque me parece tan familiar.

Definitivamente es él, es el robot de hojalata que semanas atrás boté en la bolsa negra de recuerdos inútiles. En este momento, al mejor estilo de hollywood, pasan por mi mente una infinita serie de recuerdos de infancia, el robot y yo en el parque, el robot y yo en la casa, el robot y yo en la escuela, de verdad fueron buenos momentos. También llega a mi mente el recuerdo de cuando mi hermano mayor lo secuestró por varias semanas para convertirlo en el cenicero de sus visitas, llegan todos los recuerdos, sin excepción, llegan todos en una interminable secuencia que alterna sincronizadamente con la vibración de mi piel que arde más a cada segundo debido a las exageradas quemaduras que padezco.

El dragón desaparece de mi mente y ahora lo veo claramente, esta es simplemente una descontrolada e ilógica evolución de mi antiguo juguete, ahora es más grande gracias a que posiblemente al llegar al basurero, tomando partes de todo lo que tenía a mano, se había hecho más fuerte y había logrado encontrar el camino a casa, el camino a esta especie de juicio final, el camino a la venganza.

El robot continúa mirándome y el odio se siente más intenso, yo me desplomo finalmente, los recuerdos me pesan y mi cuerpo ya no es tan fuerte. Al despertar, el robot ya no está. El dolor sí.

Imagino que este monstruo que creció gracias a su deseo de venganza, ya no volverá más después de haberme visto sufrir tanto, eso me tranquiliza; su venganza se llevó a cabo exitosamente y seguramente ya está buscándole un nuevo sentido a su vida. Pero no puedo cantar victoria, aún no sé que va a pasar cuando ese CD de éxitos de fin de año se de cuenta de que lo arrojé a la basura, o que será de mi cuando esos tenis con el hueco en la suela despierten y sientan que ya no reposan en mi casa con los demás zapatos, y ni pensar en lo que puede ocurrirme cuando todas las facturas y recibos viejos que boté formen un ejercito y decidan volver por mí. No sé que va a pasar.

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Acerca de Diego Arenas - Triego

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