Mal final para una mala obra. (o Catarsis de Transmi)

Esa mañana la pareja se levantó muy temprano y practicó la escena que deberían representar un par de horas más tarde. Eran necesarios algunos ajustes porque la última vez su presentación estuvo a punto de ser un completo fracaso; sin duda ninguno de ellos quería tener un triste final.

A pesar de que su público en realidad no era muy exigente, y de que muchas veces los asistentes ignoraban por completo la obra a la que estaban asistiendo, había que hacer un esfuerzo máximo para que al menos uno, tan solo uno de los espectadores se sintiera parte viva de la simple pero impactante trama que se repetía día a día en diferentes escenarios de la ciudad.

A medida que se acercaba el momento; el trasnocho, la intranquilidad y los cargos de conciencia se iban reemplazando poco a poco por justificaciones que ellos mismos se obligaban a creer para poder continuar en su oficio y afrontar un día más de acción. No era fácil saber que la obra que representaban era odiada por todos, pero era algo que con el tiempo dejó de importarles y se volvió parte de su riesgosa rutina.

Todo listo. El público en sus lugares, el escenario preparado. Los actores ya quieren empezar pero también quieren que todo termine pronto. Empieza la obra: una puerta se resiste a abrirse y ellos son los encargados de abrir esa gran entrada que los llevará a cumplir su cometido. Hay forcejeo, empujones y mucho movimiento. Una señal de él, un movimiento de ella, lo logran, la puerta se ha abierto y ahora pueden ingresar a ese lugar prometido. Pero un momento, el destino no es del otro lado de la puerta que con tanto ahínco han ayudado a abrir, su destino es regresar adonde todo inició y dejar que la nave que acaba de arribar se lleve a todos, menos a ellos.

¿Qué pasó? Pasó que uno de los espectadores se ha convertido en protagonista. En pocos segundos la obra termina y la mayoría de los asistentes (pasajeros) ignoran lo sucedido, sólo los actores (ladrones) y el protagonista invitado (la víctima) conocen el final. Algo falta (el iPod) en uno de ellos y ha aparecido mágicamente en manos de otros.

La pareja se felicita  tímidamente por el éxito logrado, pero no hay tiempo de celebrar, hay que escoger desde ya un nuevo protagonista. La función debe continuar.

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Acerca de Diego Arenas - Triego

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