Guatavita: Muisca, no chibcha.

Artículo publicado en Fuel Car Magazine en mayo de 2009.

El camino a El Dorado nunca fue fácil para los conquistadores y buscadores de tesoros de la antigüedad, primero tenían que sufrir las inclemencias del océano y después cruzar por nuestra accidentada geografía, hasta llegar finalmente al lugar donde supuestamente estaba el oro, las esmeraldas y los tesoros indígenas. Hoy la cosa es muy distinta, excepto porque para llegar a Guatavita, primero hay que salir de Bogotá y eso siempre será algo inolvidable: trancones que nacen de la nada, buses y flotas al borde de la anarquía, pitos, gritos y todo eso que nos encanta del día a día de las vías capitalinas. Sin embargo, la autopista norte nos va llevando, en internet dice que Guatavita se encuentra a 75 kilómetros de Bogotá, por la vía que conduce a Tunja, que debemos tomar la variante a mano derecha que conduce a Sesquilé en el kilómetro 35, y que después de eso sigue Guatavita, eso haremos.

A medida que la ruidosa Bogotá va quedando atrás, todo cambia: a la izquierda ya no están los buses de Transmilenio con sus heroicos pasajeros -dignos de un reportaje aparte-, ya la distancia entre carro y carro no es de 12.5 cm, a ambos lados de la vía el verde empieza a abrirse campo y las montañas ya no están tan llenas de casas, la experiencia es otra y definitivamente es mucho más divertido conducir a partir de este momento del camino. Antes de llegar al primer peaje, hay muchas estaciones de servicio y lugares donde comprar cosas para el camino, luego se llega al peaje Andes, a esta altura las vías están en muy buen estado y el tráfico fluye de gran manera, aparecen ciclistas entrenando al borde de la carretera y cada nueva señal nos dice que estamos más cerca de Tunja y de Briceño, pero ese no es nuestro destino, vamos a descubrir el Dorado, vamos a Guatavita.

Pasa la variante a Chía, pasa Sopó, donde es fácil desviarse para ir a Panaca Sabana, al parque Jaime Duque, al parque Puente Sopó de la CAR o a Briceño, pero no lo hacemos, seguimos buscando Guatavita. La vía ahora no es de tres, es de dos carriles, viene después Gachancipá, a lado y lado hay restaurantes, piqueteaderos, gallina criolla en todas sus presentaciones y talleres de mecánica de barrio. Continuamos por la carretera y no tarda en aparecer el siguiente peaje, el Roble, poco después viene una recta donde muchos se dan cuenta de que el 80 está lejos de ser el último número del velocímetro, y sin dudarlo, ignoran la norma de la velocidad máxima en carretera –hay que abonarles que al menos llevan las luces delanteras encendidas como es debido, es un buen tramo y la carretera no tiene huecos, pero eso pronto cambiará, llega el desvío a Sesquilé, el que nos llevará a Guatavita.

Atrás quedó la vía Bogotá – Tunja y ahora el camino es más modesto y empiezan a aparecer los dichosos huecos, no son tantos ni están tan seguidos, pero vale la pena tenerlos en cuenta antes de pisar a fondo el acelerador; son sólo dos carriles, uno de ida y otro de vuelta. Los dos kilómetros que anunciaba la señal pronto se esfuman y hacen su aparición las primeras casas de Sesquilé, son blancas y con techo de arcilla. Viene la plaza central, aquí es fácil parquear mientras uno va a conocer la iglesia que se roba el show de esta parada, al banco, a una panadería o a una tienda donde por supuesto, nunca faltará un grupo de amigos hablando tranquilamente con “una fría” en sus manos. Las ruanas no se hacen esperar, pero sólo en la gente mayor, pues los jóvenes definitivamente prefieren seguir otras tendencias más urbanas; un efecto más de la globalización.

Listo, quedan 14 kilómetros para llegar a Guatavita, las casas blancas quedan atrás y a mano derecha aparece el embalse de Tominé, es imponente y le da otro carácter al recorrido. Resulta relajante ver el reflejo del sol, el cielo y las nubes sobre el agua, o ver un velero que pasa tranquilamente.

Más adelante una pequeña entrada a la izquierda del camino nos muestra la ruta hacia la laguna, el lugar en el que según la leyenda, los Muiscas arrojaban esmeraldas y oro buscando que los dioses le dieran prosperidad y bonanza a su pueblo, allí el Cacique Guatavita, después de mucho tiempo de preparación, se sumergía en el agua completamente cubierto de oro en polvo, este era el punto máximo del rito que realizaba su pueblo para dar ofrendas a la diosa que vivía en el fondo de la laguna. Esto es lo que se conoce como la leyenda de El Dorado.

El ascenso comienza, la valla dice que son 7 kilómetros, la vía está bien, tiene un carril de subida y otro de bajada (no muy amplios), varias curvas nos llevan en ascenso a través de algunos pequeños restaurantes típicos y una que otra vaca pastando, hasta que nos encontramos con un camino destapado que es el que nos llevará finalmente a la entrada del lugar donde hay un parqueadero con espacio para unos 20 carros, gratis como nos gusta.

La entrada tiene varias tarifas según el origen del visitante, siendo la más cara la de los extranjeros ($12.000). Ya adentro, lo primero que uno encuentra a mano derecha son los baños y es una sabia decisión ir antes de iniciar el recorrido, pues después no verá ningún lugar para tal fin. El sendero ecológico que va hacia la máxima altura de la reserva natural puede resultar extenuante si usted es de los que tienen su encuentro más cercano con la actividad física viendo la sección deportiva del noticiero, así que respire profundo y suba con tranquilidad, el guía le contará cosas interesantes mientras usted disfruta del paisaje y se acerca a los 3.100 metros sobre el nivel del mar, buscando llegar hasta el último mirador. Después del recorrido puede regresar a pie o tomar una van que lo llevará de vuelta al parqueadero.

Un dato curioso: en la parte más alta de la reserva, está lo que podríamos llamar una reserva Ufológica colombiana, pues allí tienen propiedades estos grupos seguidores de la actividad OVNI, dicen que en la Laguna de Guatavita se han producido avistamientos de objetos voladores no identificados, yo no vi nada.

Regresamos a la vía Sesquilé – Guatavita y después de unos pocos minutos, siempre con el embalse al lado del camino, llegamos a Guatavita, a lo que se conoce como el “Pueblo Nuevo”, un lugar que parece dibujado, lleno de casas blancas, techos de barro (muy parecido a lo que se ve en Sesquilé), la gran represa de fondo y detrás de ella, las montañas. Le llaman el pueblo nuevo porque el pueblo original fue inundado cuando se construyó el embalse. Cuentan que cuando el nivel del Tominé baja, se puede ver el obelisco que estaba en el centro del pueblo antiguo.

Guatavita está a 2.688 metros sobre el nivel del mar y su temperatura promedio es de 14ºC, es un pueblo tranquilo por naturaleza, tiene gran oferta de artesanías, entre las cuales se destacan los productos en lana virgen, las vasijas en barro y los elementos en cobre y oro.

La mejor manera de recorrer el pueblo es a pie, así que por dónde dejar el carro no se preocupe, hay varios sitios para dejarlo libremente. Durante su recorrido en el pueblo puede decidirse por varios planes: puede visitar el Museo Indígena Guatavita, comer en alguno de los restaurantes típicos, bajar hasta el embalse y dar un paseo en lancha, ir a la iglesia y comer postres típicos a la salida o escuchar a la banda del pueblo que a veces se presenta al aire libre, en fin, hay mucho para hacer, existen recorridos ecológicos alrededor del embalse, en los clubes náuticos se pueden practicar deportes acuáticos como vela y esquí, y además, Guatavita también es un destino para la práctica del motocross.

A Guatavita también se puede llegar en Flota, hay tres empresas que prestan ese servicio: Aguila, Valle de Tenza y Transguasca. Si viene en la temporada seca que es entre diciembre y enero (si es que el cambio climático no dice lo contrario) es mejor que use bloqueador para no llegar a casa con el no muy popular “bronceado sabanero” y si viene entre Junio y Julio, no se le haga raro que tenga que abrir el paraguas un par de veces durante el día.

Para terminar, puedo decir que Guatavita es sin duda un buen destino para el fin de semana, es cerca y tiene mucho para ver y hacer. Y bueno, si se preguntaban por el título del artículo, la respuesta es sencilla: el guía del recorrido a la Laguna lo enfatizó: “Chibcha era el idioma que hablaban los muiscas. Somos muiscas, no chibchas”.

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3 responses to “Guatavita: Muisca, no chibcha.

  • maria

    es muy chevre por que nos soluciona tareas pero hay que poner mas informacion como en que año se destruyo la poblacion de antigua guatavita

    • Diego Arenas

      Muchas gracias María por el comentario. Te cuento que el contrato en el que la empresa de energía Eléctrica y los municipios de Guatavita, Guasa y Sesquilé acordaron la construcción del embalse se suscribió en 1964. Así pues, el 15 de septiembre de 1967 se inundó el pueblo antiguo y el traslado oficial de la población ocurrió el 15 de septiembre de 1967.

      Saludos!

  • TRIEGO.COM » Guatavita: Muisca, no Chibcha.

    […] Este artículo ya no se encuentra disponible en TRIEGO.COM, pero puedes leerlo haciendo clic aquí: https://triego.wordpress.com/2010/06/14/guatavita/ […]

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