Una fábula malísima. (elegante pero casual)

El elefante sicorígido

Este era un elefante muy aburrido y aburridor que vivía en la parte más verde de la selva. Se llamaba elefante, como la mayoría de los elefantes que uno ve en la selva (es bueno saber que sólo los elefantes de ciudad usan nombres artísticos).

Pues bien, Elefante trabajaba en la compañía de demoliciones local, pero aunque parezca raro, no era él quien derribaba los árboles para construir las lujosas mansiones de los más reconocidos machos alfa de la región, sino que era el que hacía los molestos papeleos de traspaso, escrituración y servicio posventa de cada uno de estos proyectos. Su ropa era toda muy bien presentada, pero toda igual. Tenía 31 vestidos de paño negro, 31 corbatas negras, 31 pares de medias negras, 31 boxers, 31 pares de zapatos negros (de material sintético por supuesto) y 31 camisas blancas almidonadas. Todo era exactamente igual, tanto que de no ser por lo perfectamente limpios que se veían siempre, cualquiera pensaría que nunca se cambiaba de ropa.

A Elefante muy pocos animales le hablaban porque tenía fama de ser de muy mal carácter y a todos les parecía que era un pesado. Pero un día pasó lo imposible, lo que ni los más viejos árboles de la selva creyeron que un día podría pasar: el elefante no había entrado a trabajar a las 7 y 30 minutos en punto. Es más, ni siquiera había ido a trabajar. Cuando sus jefes notaron que Elefante no estaba sentado en su montículo de trabajo tan puntual como siempre, de inmediato se preocuparon y fueron a buscarlo a su casa. No lo hallaron, y peor aún, encontraron sus 31 corbatas, medias, boxers, pares de zapatos, vestidos y camisas en la casa, él nunca saldría sin ellos. Algo muy grave debía haber pasado… fue ahí cuando todos se dieron cuenta de que en verdad querían a Elefante a pesar de su complicada personalidad.

Nunca antes en la selva se habían movilizado tantos animales para un mismo fin; ni siquiera la vez que hicieron la huelga del 58 en contra del golpe de estado de Tarzán, quien había derrocado al rey que había sido elegido mediante votación democrática en las elecciones de ese año: el León. Todos los animales buscaban a Elefante, pero a pesar de lo difícil que debe ser esconder a alguien de ese tamaño, no aparecía.

Pasaron las horas y cuando ya las esperanzas parecían perdidas, un mono gritó desde lo alto de un árbol: ¡ahí está! ¡Es él! Y todos corrieron a ver qué había pasado. La sorpresa fue enorme cuando vieron a Elefante; estaba al borde del río, vestido de blue jeans y camiseta a la moda, tomándose una lata de Coca Cola y mirando hacia el infinito con sus gafas de sol puestas.

Pronto la preocupación se convirtió en ira y todos empezaron a reprender a Elefante por su falta de consideración, por haberse marchado así no más. Y no mucho después esa ira se convirtió en confusión cuando un cocodrilo preguntó por el extraño cambio en la ropa y la actitud que tenía Elefante. Hubo un gran silencio a la espera de una respuesta coherente. Elefante se resistía a hablar, pero al ver la mirada inquisidora de todos, tomó la mayor cantidad de aire que le permitió su moco, respiró profundo y dijo muy convencido: Lo que pasa es que hoy me di cuenta de algo muy importante… soy “elefante pero casual”.

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