Amanda, amnesia, ciencia y baile.

Amanda despertó. Su cabeza palpitante era un pequeño karma que reflejaba la intensidad de la fiesta que acababa de vivir. Las arcadas no eran suficientes para anular la plenitud que sentía tras haber bailado horas y horas en la casa de su mejor amiga celebrando algo que no podía recordar por más que se esforzaba.

A: Levantarse. B: Darse la vuelta y seguir durmiendo. C: Seguir viendo al techo y dejar que el cuerpo indique el momento preciso para empezar un nuevo día. La elección de Amanda fue la B, pero pronto descubrió que una serie de diminutos cables y tubos que entraban y salían de distintas partes de su cuerpo -especialmente de su cabeza- le generaban pequeñas punzadas ante cualquier mínimo movimiento que intentaba.

Es un sueño, pensaba, pero el dolor tan realista que padecía decía lo contrario. Es realidad, pensaba, pero el mareo y la visión borrosa de las cosas en ese momento decían lo contrario.

“Mija, sólo tienes que salir y bailar como siempre, no tengas miedo, lo vas a hacer muy bien” eran las palabras que ahora recordaba la mente de Amanda y que la impulsaban a quitarse esas extrañas conexiones de encima y levantarse de la cama en esa habitación que no era de la casa de su amiga (la cual recordaba claramente gracias a las muchas tardes en que bailaba y saltaba mientras cantaba a dúo y con muy poco talento las letras del karaoke de todos los jueves) y que no creía fuera la de su propia casa, la cual no recordaba por algún extraño motivo.

Luego de arrancarse –no sin cierto dolor- uno a uno los cables y tubos, Amanda deambuló por la habitación siguiendo el trayecto que ellos marcaban hasta descubrir que estaban conectados a un extraño aparato que parecía haber albergado en algún momento una viscosa sustancia azul que seguramente ahora circulaba en su torrente sanguineo; pero para bien o para mal, la somnolencia no le permitió alterarse ni entrar en pánico ante aquella extraña circunstancia. Esta habitación tan iluminada, cálida y acogedora era todo un santuario de fotos de Amanda: habían fotos de cuando era pequeña, fotos de cuando estaba en el colegio y fotos de ella misma en la universidad y en el trabajo. Habían albumes enteros que documentaban toda su vida, pero que incomprensiblemente parecían ajenos y lejanos, excepto por algunas imágenes en las que se veía a sí misma, de fiesta, bailando.

Después de pasar horas escudriñando las fotos, y mientras sus sentidos poco a poco se agudizaban de nuevo, Amanda pudo armar en su mente su propia biografía y entendió que la mayoría de los momentos allí plasmados no tenían un recuerdo asociado en su mente, que se trataba de imágenes que contaban una historia que ella misma parecía no haber vivido. El siguiente paso era intentar encontrar la razón de esa inexplicable amnesia, al fin y al cabo en las fotos se veía que era científica, investigadora o algo así… en alguna parte de su cerebro deberían estar las herramientas necesarias para esclarecerlo todo.

Amanda intentó concentrarse profundamente y recordar toda su existencia, pero su mente sólo encadenaba recuerdos de fiestas y de presentaciones de baile en las que participó de niña. Era aterrador de una forma muy particular: la vida de Amanda no tenía momentos tristes y constaba únicamente de una gran coreografía que había iniciado el día que bailó por primera vez frente a sus padres y que terminaba la noche en que bailó en la casa de su amiga.

Había que buscar más pistas, así que Amanda sacó el contenido de todos los cajones y gavetas de la habitación y encontró algo inesperado: un computador portátil propiedad de la Dra. Amanda Cifuentes en el que había un completo estudio acerca de las posibilidades de borrar la memoria por medio de la química. Eran muchas pruebas y errores, se trataba de años y años de investigación; habían diagramas, fórmulas y toda clase de hallazgos que ella misma había logrado en alguno de esos momentos que su cerebro se negaba a recordar. Estaba explicada en detalle la máquina que debía inyectar el líquido azul al paciente para lograr “formatear” el cerebro, así como la dósis exacta que debería ser aplicada. Además de la parte técnica, también habían notas en las que quedaba manifiesta la intención de llevar a cabo las pruebas en ella misma para culminar la investigación.

Lágrimas, lágrimas, lágrimas y lágrimas. Amanda sabía que en sus manos tenía algo que podría cambiar el mundo, pero también sabía que para lograrlo había sacrificado la mitad de su vida. Más lágrimas. Después de un rato lleno de silencio y contradicciones, un nuevo recuerdo llegaba ahora a la mente de Amanda, tal vez el único recuerdo en el que no se veía a sí misma bailando, y cómo es la vida, resultaba en cierto modo irónico; era su mamá diciéndole una frase que desde ese día nunca podría olvidar y que la llevaría a abandonar el proyecto sin siquiera publicarlo: “Amanda, nadie nos quita lo bailado”.

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