Estuve todo un día sin twitter y viví para contarlo.

Para muchos, quedarse sin twitter un día entero es una catástrofe de proporciones épicas; una tragedia que sólo puede ser comparada con las más desgarradoras tramas de telenovela en las que la protagonista es traicionada por el galán, quien se la juega con su madre que en realidad no es su madre sino la hermana de su papá que resultó ser gay y que termina quedándose con el atlético galán para finalmente suicidarse en pareja, eso sin contar con que el día del funeral cae una bomba que deja lisiada a la otrora bella protagonista que hacía pocos días había sido plantada en el altar por un narcotraficante novato que a última hora aceptó que sólo quería casarse para quedarse con una finca que ella no sabía que recibiría como herencia, pero que ya había sido puesta a nombre de un abogado inescrupuloso que también sedujo a su madre, la cual al enterarse de todo inevitablemente fue a parar a un manicomio. Pero no nos quedemos viendo este desolador panorama al que se ven enfrentados los twitterdependientes que sienten que el fin del mundo se adelantó cada vez que se cae la red, no, veamos las cosas desde otro punto de vista porque quizás lo que no han hecho ellos y ellas es detenerse por un momento, hacer log out por un día entero y descubrir todo lo bueno que pasa cuando no estamos online haciéndonos los interesantes en 140 caracteres y leyendo las brillanteces que escribe una serie de desconocidos que sufren patologías similares a las nuestras en lo que a redes sociales y dependencia de las mismas se refiere.

Y como la ciencia exige sacrificios, yo fui muy valiente y tomé esa decisión: me desconecté voluntariamente por un día para desarrollar un estudio social en el que analizaría lo diferente que puede llegar a ser un día sin la reconocida red social en la que mueren los famosos antes que en las noticias. La anterior frase, para ser más estrictos, quiere decir que en mi lugar de trabajo decidieron bloquear el acceso a redes sociales y yo fui uno de los tantos damnificados que se está viendo obligado a abstenerse de tuitear en horas laborales, situación que empeora gracias a que un grupo de fanáticos de la tecnología me robaron con arma blanca el blackberry desde el que perdía tiempo en modo wireless.

Así pues, el día del experimento inició muy normal. Sonó la alarma de mi teléfono móvil provisional, el cual tiene precisamente como función más destacada eso, la alarma, y me levanté medio zombie a buscar la ruta hacia el baño más cercano en el que me esperaría una ducha que siempre tarda en calentar el agua mucho más de lo que quisiera. Aquí empezaron los hallazgos: en lugar de dejarme llevar por la lucecita roja intermitente que en otras ocasiones me llevaba irresistiblemente a twitter a mirar las menciones y mensajes directos que llegaron en horas en que yo soñaba cosas que no recordaría en la mañana, lo que hice fue levantar la cara más allá de la pantalla del celular y descubrir que el cielo estaba empezando a despejarse tras la intensa lluvia de la noche y que los pájaros “trinaban” (Nota del autor: chiste flojo) alegremente mientras acompañaban la salida de un sol sospechosamente optimista.

Superado el improvisado desayuno y la sección deportiva del noticiero, salí tarde y de afán como siempre, en busca del transporte que me llevaría a ese lugar que días atrás era un puerto libre de la información, un paraíso de bits donde los tweets corrían libremente por verdes pastizales de información con el ancho de banda a su disposición: la oficina. En ese bus descubrí que a cambio de ir cabizbajo leyendo las noticias comentadas por tuiteros amarillistas, se puede ver cómo la genética ha mejorado la anatomía de muchas pasajeras que suben y bajan del bus en cada estación, y pude descubrir lo mucho que ha cambiado la ciudad en el último año.

Pero los hallazgos reveladores no pararon ahí; al llegar a la oficina, y durante el transcurso del día, me enfrenté a situaciones que pusieron a prueba mi percepción de la vida de manera inclemente: por ejemplo, descubrí que la compañera que se sentaba junto a mí, hace más de un año que no trabaja en la empresa y que fue reemplazada por un compañero que a veces veo por ahí, lo cual descarta mi hipótesis que sugería que a ella le había nacido una frondosa barba debido a inexplicables desórdenes hormonales. Sin embargo, eso no fue lo más difícil del día, debo aceptar que lo que más me costó trabajo fue el momento en que, ante la ausencia de twitter, me vi obligado a hablar con personas reales, sí, leyeron bien, ¡hablar con personas reales! Fue muy duro al principio pero descubrí una cosa que ellos llamaron “contacto humano”. ¿Contacto humano? me preguntaba yo, pero esas personas también me explicaron que cuando dos humanos se encuentran es normal que “crucen palabras”, “intercambien opiniones” y que “hablen de sus vidas”, me contaron que incluso a veces llegan a crear un lazo que llamaron “amistad” y otro que llamaron “amor’, además me dejaron claro que en realidad los emoticones son representaciones de gestos que hace la gente real a diario para expresar sus “sentimientos”… en fin, el momento más fuerte fue cuando recordé que en algún momento de la vida yo también había experimentado todo eso que ellos me contaban y que me sonaba como una historia sacada de algún libro de ciencia ficción descargado en google. No creía yo que la interacción con personas fuera tan enriquecedora, en serio, créanme, la gente real es muy divertida también.

Si continuamos con este análisis concienzudo, debo confesarles que tras superar una cruda etapa de negación en la que mi mente se resistía a aceptar que no tendría twitter en todo el día (fase caracterizada por esporádicos tics, sudor y una variación no alcohólica de delírium trémens) y tras superar una fase de alucinación en la que toda la gente a mi alrededor tenía en lugar de cabeza una gran @, mi productividad creció de manera exponencial debido a que fui capaz de concentrarme de forma ininterrumpida en mis labores por horas. Fue un día muy provechoso, hasta el punto que tuve tiempo de plantearme metas para los siguientes 17 años y organizarlas por prioridad, tiempo de ejecución y orden alfabético.

Como gran conclusión les puedo decir que alejarse de las redes sociales es una sana decisión que trae grandes beneficios que mejoran la calidad de vida a muchos niveles, abriéndonos a un mundo de posibilidades que sin duda pueden convertirnos en mejores personas. Así pues, me despido con esta frase que resume a la perfección el gran cambio que obró en mí todo lo que aprendí hoy: ¡Devuélvanme ya mi twitter, quiero mi vida!

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