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Zipaquirá y Nemocón: sal al gusto.

Artículo publicado en Fuel Car Magazine en agosto de 2009.

Nemocón y Zipaquirá: dos destinos en torno a la sal;
decida cuánto quiere de cada uno.


La sal siempre ha sido protagonista de historias de mala suerte, desgracia e infortunio, porque definitivamente “cuando alguien está salado, está salado”; pero para Nemocón y Zipaquirá, la sal es sinónimo de buena suerte, de progreso y desarrollo.

Normalmente sólo pensamos en la sal cuando le hace falta o le sobra a nuestras comidas, pero salvo algunos “desocupados” nadie se pregunta de dónde viene o cómo fue que llegó al salero de la mesa. Una pista: toda la sal viene del mar.

Bueno, es hora de dejar Bogotá, este artículo es una muy buena excusa para dejar atrás por unas horas el caos que hace parte de su personalidad y que a veces se convierte también en parte de la personalidad de los conductores que la habitan. La autopista norte nos lleva una vez más y vamos a toda velocidad tras la ruta de la sal, pero un momento, es el kilómetro 16 y a la derecha está Multiparque, y en Multiparque está La Pista Indoor Kart, y adentro están los karts… ni modos, es bueno hacer la pausa y correr un par de veces.

OK, después de estos breves mensajes comerciales regresamos a nuestro recorrido por la autonorte, la idea es llegar hasta el desvío que conduce a Chía, es a la derecha; por la izquierda iríamos hacia Tunja, pero eso será otro día.  Tomamos el desvío, vemos a la izquierda el Puente del Común, famoso por jugar un papel importante en la gesta libertadora siglos atrás. Continuamos por esa ruta y más adelante aparece frente al panorámico un puente que dice llevarnos a Cajicá y Tabio, nuestro camino es a la derecha de dicho puente, allí dice que ese es el camino para Ubaté y Zipaquirá.

Pero para no complicar mucho la explicación, la ruta a Nemocón se puede simplificar de la siguiente manera: 6 kilómetros después de pasar el puente del común se llega a Cajicá y se sigue al norte hasta encontrar Zipaquirá, en un cruce llamado La Paz se gira a la derecha y 15 minutos más tarde, listo, bienvenido a Nemocón.

¿En qué íbamos? Ah sí, en que íbamos por la derecha buscando Zipaquirá. Como la idea es visitar las minas de sal de los dos municipios, tomaremos el camino difícil, un poco más largo que el que un párrafo atrás resumía la ruta.

Como siempre el camino da muchas opciones, a la derecha nos invita a ir a Hato Grande o a Briceño. A esta altura el paisaje es muy bonito, interrumpido únicamente por algunos viveros que se encuentran a lado y lado de la vía. Más adelante hay una nueva oportunidad de regresar hacia Cajicá o Tabio, a la derecha se roba el show un mega-lote que será sede de la Universidad Militar Nueva Granada y hace su aparición una cicloruta; a la izquierda el que va cruzando el paisaje es el Tren Turístico de la Sabana de Bogotá que va rumbo a Zipaquirá, si esa opción le interesa, el costo es de $32.000 para adultos, $25.000 para mayores de 60 años y $19.000 para niños, iniciando el recorrido en la Estación de la Sabana en el centro de la capital.

Vamos por Cajicá y acá la vía no es la mejor, pero promete mejorar: a un lado se está construyendo un puente hacia Ubaté y en su camino a Zipaquirá está siendo intervenida en varios tramos. Seguimos derecho y llegamos hasta un punto de información que sirve de entrada a Zipaquirá, allí hay una estación de servicio Brio, dos vías y una abuelita que vende unas obleas que parecen hostias gigantes con arequipe, ella jura que si nos vamos por la derecha llegaremos a Nemocón, pero primero pasaremos a ver uno o dos sitios de Zipaquirá, este municipio que tenía como nombre indígena «Chicaquicha» que significa: “Pie del Zipa», ¿pero quién era el Zipa dueño de este pie? Respuesta: Zipa se le decía a los gobernantes muiscas.

Sabemos que Zipaquirá y Nemocón quedan en medio de la Cordillera de los Andes y sabemos que toda la sal viene del mar; eso plantea una duda de la que seguramente podrán salir muchos al visitar el Museo de la Salmuera, o al entrar a la impresionante Catedral de Sal que tiene Zipaquirá. Resulta que hace un tiempo larguito (más o menos unos 100.000.000 de años) las cordilleras apenas se estaban formando y estaban cubiertas por mar, al formarse acumularon cantidades de agua salada que con el tiempo se evaporarían dejando únicamente la sal que se explota hoy en día. En fin, en Zipaquirá o en Nemocón encontrarán respuestas más precisas acerca de estas formaciones que hoy son un foco turístico muy importante de la región.

El Parque de la Sal alberga la catedral y el museo que ya nombramos, además de la Plaza del Minero y algunas rutas ecológicas y cafés; pero la Catedral de Sal es sin duda el referente por excelencia de este municipio. Fue inaugurada en 1995 durante el gobierno del recordadísimo presidente Ernesto Samper y es considerada patrimonio histórico, cultural y religioso del país. Los costos de la boletería dependen del plan que uno elija, que puede incluir además de la visita a la Catedral de Sal, una película llamada “Guasa Tesoro de un Pueblo 3D”, la Ruta del Minero, visita al Museo de la Salmuera y muro de escalada. $15.000 para adultos y $9.000 para niños, mayores de 60 años y discapacitados, son los precios mínimos de estos planes, que tienen un descuento especial los miércoles de temporada baja.

A pesar de que Zipaquirá ya está notablemente influenciada por el avance de la cultura urbana, aún mantiene su encanto clásico; eso se ve reflejado en la Plaza Los Comuneros, que es un sitio que aún respira aire colonial en cada uno de sus costados y tiene como elemento central la Catedral Diocesana que tardó 111 años en construirse. No obstante, las obras recientes se acoplan de manera armónica con los espacios clásicos del municipio, tal es el caso del parque La Esperanza, que es sin duda un buen lugar para sentarse a “hacer nada” por un buen rato. Este parque fue diseñado de tal manera que integrara armónicamente la estación del tren, que fue declarada Monumento Nacional hace algún tiempo.

El camino sigue, la siguiente parada será Nemocón, según las indicaciones de algunos transeúntes, debemos cruzar Zipaquirá y “darle derecho hasta llegar a Nemocón”. Eso haremos.

Al salir de Zipaquirá hay que manejar muy tranquilamente porque la carretera tiende a estar deteriorada por momentos. Pasan las curvas y después de algunos minutos vemos de frente la entrada de un pueblo, es en subida y al final del pequeño ascenso hay una pequeña plaza, silenciosa y agradable. Si usted llega a este punto tenga por seguro que ya llegó, a Cogua.

Cogua es un pequeño pueblo (como la mayoría de pueblos de la región tiene nombre chibcha, significa: apoyo del cerro) que queda situado al occidente de Nemocón y se destaca por su vocación ecológica. Es una buena parada, pero lo que buscábamos era Nemocón, así que de nuevo toca preguntar y es ahí cuando podemos enterarnos de que antecito de la subida que lleva a la plaza principal, había que voltear a mano derecha. Está claro, hay que devolverse un poquito y buscar Nemocón.

Al tomar por la ruta indicada, en pocos minutos se llega a otro cruce, a la izquierda lleva a Ubaté y a la derecha a Zipaquirá de nuevo -parece que por acá todas las vías llevan a todos lados-, no es ninguna opción de las anteriores, hay que cruzar derecho por una pequeña vía destapada. Esa vía pasa al lado de campos de tejo, tienditas y vacas que pastan junto al camino. Después de terminar este “tramo de aventura” por fin se llega a otro cruce y en esa vía pavimentada, todo a la izquierda porque a la derecha adivinen qué queda, Zipaquirá.

El tramo de carretera antes de llegar a Nemocón lastimosamente está en mal estado, así que hay que jugar a pasar por encima de los huecos sin tocarlos, asegurándose de que éstos pasen por debajo del carro sin tocar llanta a ningún lado. Para compensar, la naturaleza nos ofrece verdes paisajes a lado y lado.

La entrada del pueblo nos presenta el estadio municipal y el cementerio, al fondo, la cúpula de la iglesia de la plaza central; las calles –por lo menos hoy- tienen mucha tierra. A una cuadra de la plaza principal hay un parqueadero, pero también hay la posibilidad de dejar el carro en la misma plaza, a cambio de una pequeña colaboración al señor que los cuida en este sitio; ahora si usted prefiere ir directo a la mina de sal, allá también hay dónde dejarlo.

Esta plaza es el silencio puro (como la de Cogua), sólo se oye el sonido de las alarmas de los carros que parquean allí, pero a lo que vinimos, el plan en Nemocón es visitar la mina de sal. La entrada cuesta $14.000 per capita, pero si quiere alargar un poco su estadía y su conocimiento de la explotación de sal en la región, puede ir primero al Museo de la Sal por sólo $2.500, allí conocerá la historia por medio de maquetas que ilustran la explicación de los guías del museo, contando desde la época prehispánica; allí puede comprar artesanías hechas en piedras de sal. Lo bueno es que si entra al museo, presentando esa entrada le hacen un descuento del 20% en la entrada de la mina, haga cuentas.

A pesar de que uno siempre oyó de Zipaquirá, resulta que la sal fue explotada primero en Nemocón, así que su tradición es innegable. La mina llama la atención por sus formaciones de estalactitas, por los espejos de agua que generan efectos de profundidad muy interesantes y por las cascadas de sal; además de tener también un altar que está tallado sobre una roca de sal gema dedicado a la Virgen del Carmen, que además de ser patrona de los conductores, también lo es de los mineros.

Zipaquirá y Nemocón -que significa: Lamento o Rugido de Guerrero- son dos formas de contar la misma historia, pero con matices únicos que los hacen diferentes entre sí, sólo conociendo los dos uno puede definir cuál le gusta más; están cerca de la capital (Nemocón que es el más lejano queda a 50 kilómetros), así que la decisión es suya.

Ojalá que cuando regrese a Bogotá no le toque el delicioso trancón que se forma en la autopista, y si le toca, aproveche para pensar un poco en todas esas cosas que damos por descontadas, pues este viaje fue una prueba más de que en lo cotidiano se esconden las más grandes historias, tal como la de la sal.

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Bojacá: todos los carros van al cielo.

Artículo publicado en Fuel Car Magazine en noviembre de 2009.

Bogotá está rodeada de municipios llenos de encanto y tradiciones únicas que atraen turistas todos los días del año. Bojacá tiene lo suyo.

Para ir a Bojacá y conocer todo lo que este destino tiene para ofrecernos, hay que salir de Bogotá por el occidente, lo haremos por la calle 13. Poco a poco esta avenida que nace en el centro de la ciudad nos va llevando hasta la Zona Franca de Bogotá. Más adelante nos lleva al peaje que lleva el nombre del otrora hermoso Río Bogotá y luego de pasar por encima de esta contundente muestra de lo que hemos estado haciendo con el planeta, tenemos que seguir avanzando en medio de la gran cantidad de flotas intermunicipales que circulan por esta avenida con sus gritones ayudantes colgando de la puerta. Más adelante tomamos la vía de la derecha, la que dice llevarnos a Mosquera-Funza y pronto llegamos a una glorieta –no romboy- que permite ir por la izquierda a Madrid y por la derecha a Cartagenita y Facatativá; en este punto tomamos la derecha para encontrar que la carretera pasa a ser de un solo carril por sentido.

Aquí ya se nota el siempre agradable cambio de paisaje que ocurre cuando se sale de la “a pesar de todo” hermosa capital del país, esto quiere decir que mucho verde, muchos sembrados y mucho campo empiezan a acompañarnos a lado y lado de la carretera. Una nueva glorieta (rond point en francés, traffic circle en inglés) hace su aparición y pone ante nuestros ojos una pregunta de selección múltiple de esas que acompañan nuestro camino siempre, esta vez la cuestión es ¿Madrid o Facatativá? En este caso la respuesta es Facatativá; así que continuamos derecho, dejando atrás la opción de visitar a este homónimo de la ciudad que tiene más colombianos por metro cuadrado en Europa y con el que se hacen tantos chistes acerca de adónde fueron las vacaciones de alguien que no salió del país como sus amigos.

Continuamos y no tardamos en encontrar el peaje Corso, el cual sólo funciona en el sentido opuesto al nuestro, lo que indica que ese dinero seguirá en nuestro bolsillo un rato más para probablemente terminar en las manos del dueño de algún restaurante típico en Bojacá. En este paisaje de clima frío que estamos atravesando, los sembrados aumentan su presencia mientras que las vacas que nos dan leche a diario, o que terminan servidas en el plato de muchos, también aparecen; pero no solo ellas, también hay galpones atestados de pollos que no llegarán nunca a su edad adulta. Seguimos nuestro camino y a la izquierda aparece la variante a Bojacá, hay que tomarla si no queremos ir a parar a Villeta o Faca. Aquí sí empieza a haber huecos respetables y no hay mucha opción de esquivarlos porque el ancho de la vía es menor, a la izquierda se ve una pequeña ciclo ruta y mientras recorremos a menor velocidad este tramo, podemos ver más árboles, más viveros y más cultivos hasta llegar al pueblo propiamente dicho.

En Bojacá de entrada se pueden identificar algunos parqueaderos en donde el lujo es inversamente proporcional al espacio disponible. Son bastante amplios. Una buena noticia: si usted venía aplazando una entrada “al bath” y no cedió a la tentación de sentir la brisa sabanera y tener un momento a solas con la naturaleza para tal fin, por sólo $500 usted tiene la oportunidad de hacerlo en los baños que están estratégicamente ubicados cerca de la parada de los buses, ni idea de cómo sean por dentro. A propósito, a Bojacá se puede llegar en bus en los servicios de Flota Ayacucho y Expreso Cundinamarca que llegan y se van con muy buena frecuencia.

Sí señores, ya estamos en Bojacá, que en lengua chibcha significa“cercado morado” y que fue fundado el 16 de octubre de 1537 por Gonzalo Jiménez de Quesada, antes de fundar Santa Fe de Bogotá, lo que ocurriría un año después. Y hablando de Bogotá, aquí hay un dato más: Bojacá –que hace parte del área metropolitana de esta ciudad- sólo tiene 6.010 habitantes, más o menos la octava parte de lo que se necesita para llenar el estadio Nemesio Camacho El Campín.

Lo primero que hay para ver es lo que parece ser la plaza de mercado del pueblo, pero no lo es (aquí es donde están los baños que mencionamos antes), en vez de encontrarnos con bultos de papa que van y vienen o con marranos huecos que reposan en ganchos, lo que hay en este lugar es una gran variedad de artesanías, dulces típicos y quesos hechos artesanalmente, además de una gran oferta de comida autóctona que incluye carne asada, fritanga y la infaltable gallina criolla. Cruzando una calle llena de locales que venden imágenes religiosas, sombreros y artesanías varias, está la iglesia, uno de los principales atractivos del municipio.

¿Qué hacer en Bojacá? Bueno, hay opciones: usted puede visitar el Museo Convento Colonial que fue fundado en 1948 para ver una muestra de cerámicas y artesanías de la cultura Chibcha, Tayrona y Quillacinga, para ver obras de arte de la colonia, o bien, para apreciar verdaderas reliquias que datan de los siglos XVII y XVIII. Si lo que quiere es un plan más al aire libre, usted puede conocer las piedras de Chivo Negro, un parque arqueológico donde los Chibchas reflejaron su estilo de vida por medio de pictogramas. Este parque, patrimonio cultural y arqueológico de Colombia, al parecer también era un sitio de adoración al sol y la luna, una característica recurrente en las diferentes tribus prehispánicas. Otra buena opción al aire libre y en contacto con la naturaleza, son los Caminos Reales, un recorrido de varias horas por caminos precolombinos donde se puede observar la flora y fauna característica de la región; un camino que siglos atrás, además de permitir el intercambio de productos entre tribus, le sirvió en épocas de la conquista a “La Madre Patria” para ponernos a hablar español a todos.

Esas son muchas cosas para hacer, pero el principal plan para muchos turistas que llegan a Bojacá es ir a la iglesia, y no por su belleza arquitectónica, sino por una tradición muy popular: la bendición de los carros. Esta iglesia que inició su construcción en 1629, tiene altares tallados en madera dorada del siglo XVIII, pero su más grande atractivo es una imagen de Nuestra Señora de los Dolores, también conocida con el nombre de Virgen de las Angustias, traída de España en 1739, la cual fue instalada en la iglesia en 1757 con un nuevo nombre: Nuestra Señora de la Salud de Bojacá. Pasamos de la angustia y el dolor, a la salud. Buen cambio.

A la Señora de la Salud se le atribuyen incontables milagros, casos de sanación increíbles y otras tantas historias que han ido aumentando su popularidad. Ni idea  de a qué horas se le ocurrió a alguien bendecir los carros e incluso bautizarlos, pero lo cierto es que a diario, especialmente los fines de semana, Bojacá se llena de autos de todos los sabores y colores que vienen a obtener ayuda divina para contar con mejor suerte en su camino por las calles y vías del país. Algunos sólo se llevan la bendición, otros llegan con un nombre de catálogo y salen llamándose “La consentida”, “El correcaminos”, “El andariego”, “Jenny Paola”, “Mi cacharrito” o cualquier nombre que su dueño desee ponerle a su querido vehículo.

Después de la ceremonia muchas personas van al micro circuito de karts que hay a pocas cuadras, allí mismo hay juegos inflables para los niños y se puede jugar rana, todo al aire libre. Otros simplemente se quedan en la plaza principal para comerse una oblea o un helado y tomarse una foto en el romántico(n) marco de corazón que está dispuesto allí para tal fin. La foto también puede ser en uno de los clásicos caballitos de madera con piel de vaca que incluyen un sombrero de charro para el protagonista, una foto “muy charra” sin duda. Pero si nada de esto le interesa, puede sencillamente quedarse a ver un rato al grupo de danzas que se presenta de manera continua en la plaza principal, si cuenta con suerte, es posible que usted resulte siendo parte del baile.

En fin, a sólo 40 kilómetros de Bogotá hay un lugar donde los carros no es que aseguren un lugar en el cielo, ni que obtengan el perdón de sus pecados viales; en este lugar ellos simplemente logran hacer parte de una tradición llena de fe, una tradición muy colombiana.

 

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Guatavita: Muisca, no chibcha.

Artículo publicado en Fuel Car Magazine en mayo de 2009.

El camino a El Dorado nunca fue fácil para los conquistadores y buscadores de tesoros de la antigüedad, primero tenían que sufrir las inclemencias del océano y después cruzar por nuestra accidentada geografía, hasta llegar finalmente al lugar donde supuestamente estaba el oro, las esmeraldas y los tesoros indígenas. Hoy la cosa es muy distinta, excepto porque para llegar a Guatavita, primero hay que salir de Bogotá y eso siempre será algo inolvidable: trancones que nacen de la nada, buses y flotas al borde de la anarquía, pitos, gritos y todo eso que nos encanta del día a día de las vías capitalinas. Sin embargo, la autopista norte nos va llevando, en internet dice que Guatavita se encuentra a 75 kilómetros de Bogotá, por la vía que conduce a Tunja, que debemos tomar la variante a mano derecha que conduce a Sesquilé en el kilómetro 35, y que después de eso sigue Guatavita, eso haremos.

A medida que la ruidosa Bogotá va quedando atrás, todo cambia: a la izquierda ya no están los buses de Transmilenio con sus heroicos pasajeros -dignos de un reportaje aparte-, ya la distancia entre carro y carro no es de 12.5 cm, a ambos lados de la vía el verde empieza a abrirse campo y las montañas ya no están tan llenas de casas, la experiencia es otra y definitivamente es mucho más divertido conducir a partir de este momento del camino. Antes de llegar al primer peaje, hay muchas estaciones de servicio y lugares donde comprar cosas para el camino, luego se llega al peaje Andes, a esta altura las vías están en muy buen estado y el tráfico fluye de gran manera, aparecen ciclistas entrenando al borde de la carretera y cada nueva señal nos dice que estamos más cerca de Tunja y de Briceño, pero ese no es nuestro destino, vamos a descubrir el Dorado, vamos a Guatavita.

Pasa la variante a Chía, pasa Sopó, donde es fácil desviarse para ir a Panaca Sabana, al parque Jaime Duque, al parque Puente Sopó de la CAR o a Briceño, pero no lo hacemos, seguimos buscando Guatavita. La vía ahora no es de tres, es de dos carriles, viene después Gachancipá, a lado y lado hay restaurantes, piqueteaderos, gallina criolla en todas sus presentaciones y talleres de mecánica de barrio. Continuamos por la carretera y no tarda en aparecer el siguiente peaje, el Roble, poco después viene una recta donde muchos se dan cuenta de que el 80 está lejos de ser el último número del velocímetro, y sin dudarlo, ignoran la norma de la velocidad máxima en carretera –hay que abonarles que al menos llevan las luces delanteras encendidas como es debido, es un buen tramo y la carretera no tiene huecos, pero eso pronto cambiará, llega el desvío a Sesquilé, el que nos llevará a Guatavita.

Atrás quedó la vía Bogotá – Tunja y ahora el camino es más modesto y empiezan a aparecer los dichosos huecos, no son tantos ni están tan seguidos, pero vale la pena tenerlos en cuenta antes de pisar a fondo el acelerador; son sólo dos carriles, uno de ida y otro de vuelta. Los dos kilómetros que anunciaba la señal pronto se esfuman y hacen su aparición las primeras casas de Sesquilé, son blancas y con techo de arcilla. Viene la plaza central, aquí es fácil parquear mientras uno va a conocer la iglesia que se roba el show de esta parada, al banco, a una panadería o a una tienda donde por supuesto, nunca faltará un grupo de amigos hablando tranquilamente con “una fría” en sus manos. Las ruanas no se hacen esperar, pero sólo en la gente mayor, pues los jóvenes definitivamente prefieren seguir otras tendencias más urbanas; un efecto más de la globalización.

Listo, quedan 14 kilómetros para llegar a Guatavita, las casas blancas quedan atrás y a mano derecha aparece el embalse de Tominé, es imponente y le da otro carácter al recorrido. Resulta relajante ver el reflejo del sol, el cielo y las nubes sobre el agua, o ver un velero que pasa tranquilamente.

Más adelante una pequeña entrada a la izquierda del camino nos muestra la ruta hacia la laguna, el lugar en el que según la leyenda, los Muiscas arrojaban esmeraldas y oro buscando que los dioses le dieran prosperidad y bonanza a su pueblo, allí el Cacique Guatavita, después de mucho tiempo de preparación, se sumergía en el agua completamente cubierto de oro en polvo, este era el punto máximo del rito que realizaba su pueblo para dar ofrendas a la diosa que vivía en el fondo de la laguna. Esto es lo que se conoce como la leyenda de El Dorado.

El ascenso comienza, la valla dice que son 7 kilómetros, la vía está bien, tiene un carril de subida y otro de bajada (no muy amplios), varias curvas nos llevan en ascenso a través de algunos pequeños restaurantes típicos y una que otra vaca pastando, hasta que nos encontramos con un camino destapado que es el que nos llevará finalmente a la entrada del lugar donde hay un parqueadero con espacio para unos 20 carros, gratis como nos gusta.

La entrada tiene varias tarifas según el origen del visitante, siendo la más cara la de los extranjeros ($12.000). Ya adentro, lo primero que uno encuentra a mano derecha son los baños y es una sabia decisión ir antes de iniciar el recorrido, pues después no verá ningún lugar para tal fin. El sendero ecológico que va hacia la máxima altura de la reserva natural puede resultar extenuante si usted es de los que tienen su encuentro más cercano con la actividad física viendo la sección deportiva del noticiero, así que respire profundo y suba con tranquilidad, el guía le contará cosas interesantes mientras usted disfruta del paisaje y se acerca a los 3.100 metros sobre el nivel del mar, buscando llegar hasta el último mirador. Después del recorrido puede regresar a pie o tomar una van que lo llevará de vuelta al parqueadero.

Un dato curioso: en la parte más alta de la reserva, está lo que podríamos llamar una reserva Ufológica colombiana, pues allí tienen propiedades estos grupos seguidores de la actividad OVNI, dicen que en la Laguna de Guatavita se han producido avistamientos de objetos voladores no identificados, yo no vi nada.

Regresamos a la vía Sesquilé – Guatavita y después de unos pocos minutos, siempre con el embalse al lado del camino, llegamos a Guatavita, a lo que se conoce como el “Pueblo Nuevo”, un lugar que parece dibujado, lleno de casas blancas, techos de barro (muy parecido a lo que se ve en Sesquilé), la gran represa de fondo y detrás de ella, las montañas. Le llaman el pueblo nuevo porque el pueblo original fue inundado cuando se construyó el embalse. Cuentan que cuando el nivel del Tominé baja, se puede ver el obelisco que estaba en el centro del pueblo antiguo.

Guatavita está a 2.688 metros sobre el nivel del mar y su temperatura promedio es de 14ºC, es un pueblo tranquilo por naturaleza, tiene gran oferta de artesanías, entre las cuales se destacan los productos en lana virgen, las vasijas en barro y los elementos en cobre y oro.

La mejor manera de recorrer el pueblo es a pie, así que por dónde dejar el carro no se preocupe, hay varios sitios para dejarlo libremente. Durante su recorrido en el pueblo puede decidirse por varios planes: puede visitar el Museo Indígena Guatavita, comer en alguno de los restaurantes típicos, bajar hasta el embalse y dar un paseo en lancha, ir a la iglesia y comer postres típicos a la salida o escuchar a la banda del pueblo que a veces se presenta al aire libre, en fin, hay mucho para hacer, existen recorridos ecológicos alrededor del embalse, en los clubes náuticos se pueden practicar deportes acuáticos como vela y esquí, y además, Guatavita también es un destino para la práctica del motocross.

A Guatavita también se puede llegar en Flota, hay tres empresas que prestan ese servicio: Aguila, Valle de Tenza y Transguasca. Si viene en la temporada seca que es entre diciembre y enero (si es que el cambio climático no dice lo contrario) es mejor que use bloqueador para no llegar a casa con el no muy popular “bronceado sabanero” y si viene entre Junio y Julio, no se le haga raro que tenga que abrir el paraguas un par de veces durante el día.

Para terminar, puedo decir que Guatavita es sin duda un buen destino para el fin de semana, es cerca y tiene mucho para ver y hacer. Y bueno, si se preguntaban por el título del artículo, la respuesta es sencilla: el guía del recorrido a la Laguna lo enfatizó: “Chibcha era el idioma que hablaban los muiscas. Somos muiscas, no chibchas”.

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